Mi año de descanso y relajación
Y ese también fue el punto en el que me reconocí en ella, en su abandono, en su orfandad, en sus pérdidas y en sus derrotas, que resultan tan comunes como las mías, pero también tan inexpresables y difíciles de vencer que solo podrían superarse —como en su caso— mediante el sueño continuo...
RESEÑAS
Andrea Almeida
3 min read


Mi año de descanso y relajación
Un libro de Ottessa Moshfegh
Confieso que al inicio Mi año de descanso y relajación me generó cierta desconfianza, porque la idea de la hibernación durante un año no me resultaba del todo verosímil. Sin embargo, el deseo de Moshfegh y su protagonista sin nombre: dormir para resetear la vida, para reiniciar como alguien nuevo al despertar, vaciada de recuerdos dolorosos y de la náusea del mundo, esa idea sí me la compro: dormir lo suficiente hasta olvidar y, ¿quién no lo ha deseado alguna vez?
Las primeras páginas guardan un tufo primermundista, la protagonista reniega de su belleza, de su posición acomodada, de haberse graduado en Columbia, de su portentoso armario y de sus expectativas fracasadas en la vida profesional. Pero luego, su voz va ganando profundidad, en realidad odia la vanidad, el estatus y los estándares de vida impuestos en un sitio como Manhattan, en donde resulta muy fácil sentirse fracasado al voltear cada esquina.
La protagonista está sola y carece de propósito, deja su trabajo en circunstancias heroicas y vergonzosas y se aísla con el único objetivo de dormir; su soledad solo se ve interrumpida por su relación retorcida con Reva —su único vínculo amistoso— del que reniega y al que a veces desprecia. Es una amistad perversa en la que ambas se sirven de la otra como un cruel espejo para mitigar su propia miseria y ser espectadoras en primera fila de la desgracia que ansían evitar.
Esa relación madura de una forma favorable para la narración de Mi año de descanso y relajación, las escenas deambulan entre lo irónico, lo grotesco y lo ridículo; los diálogos entre ambas mujeres se mueven en el terreno de una frivolidad intencional y muy bien armada. Ese fue el punto de quiebre en el que mi lectora interna mordaz fue cediendo ante la historia e ingresando despacio hacia ese maremágnum de la psicología dañada de este personaje sin nombre.
Y ese también fue el punto en el que me reconocí en ella, en su abandono, en su orfandad, en sus pérdidas y en sus derrotas, que resultan tan comunes como las mías, pero también tan inexpresables y difíciles de vencer que solo podrían superarse —como en su caso— mediante el sueño continuo e inducido con fármacos. O, como en el mío, con unos cuantos años de buena terapia.
Ya en ese momento de la lectura, ella, la protagonista sin nombre está de mi lado, o yo del suyo, solo para constatar juntas —aunque sin Reva—que huir de la realidad es simplemente un sueño, que la muerte es inexcusable, que las ausencias nos cobijan y que no hay un antídoto que nos inmunice contra el gran maestro que es el dolor, pero las cosas no quedan saldadas ahí.
Hacia las últimas páginas ella, la sin nombre, lanza una frase que desde ese momento pasa a convertirse en la nota al pie de página del texto de mi vida: “Había bondad. El dolor no es la única piedra de toque del crecimiento, me dije a mí misma” y yo me la repito, porque una vez más, un personaje anónimo y ficticio a miles de kilómetros de mi realidad, me demuestra que después de hibernar, después de vivir dormidos y morir despiertos, el dolor no es la única forma de aprender. Y si les queda alguna duda tómense un año de descanso y relajación.
Andrea Almeida Guerrero. Socióloga, le encanta leer a Natalia Ginzburg y escuchar The Strokes, es docente universitaria.


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